Me dirigí al grupo 3°C, del cual, al haber pasado un período de observación allí, conocía más o menos la dinámica de la clase y a los estudiantes. Así que al llegar me puse en disposición de hacer parte de la clase. Comenzamos a socializar unos ejercicios lógicos de comprensión de lectura que los estudiantes, previamente, habían trabajado en una prueba.

Al finalizar, repartimos una ficha sobre los adjetivos para que los niños comenzaran a desarrollar. Inmediatamente me acerqué a Samuel, un estudiante supuestamente diagnosticado con autismo, a quien le pregunté si había comprendido el significado del adjetivo, comenzó a leer lo que estaba en la ficha (perfectamente), así que le expliqué con palabras más familiares el significado y le ayudé a desarrollar el inicio de la actividad.
Al darme cuenta de que otros niños necesitaban ayuda, lo dejé trabajando autónomamente mientras me hacía cargo del resto. Y así pasé la clase: guiando a los estudiantes que requerían ayuda para desarrollar la actividad. Al final me agradecieron y no faltaron los que me persiguieron para entregarme la hoja.
Reflexión: contrario a lo que había pensado anteriormente de este grupo, es fácil para trabajar desde que se sepa guiar la actividad, el hecho de que haya un estudiante con tal particularidad (autismo), lo hace todo un poco más interesante aunque complejo, pero no significa que represente un obstáculo para el docente ni para los estudiantes.
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